En una esquina.
Tu sonrisa clara se perfilaba.
En la tarde eterna de despedida.
Me dejaste tu alma tu voz querida.
Tus manos largas y tu mirada.
Tu elegante cuerpo en una esquina.
Me esperó por siglos serenamente.
Y tu estampa grata y sorprendente.
Y que para siempre te despedías.
Tus palabras dulces las cincelabas.
En el papel blanco de mi recuerdo.
Y tu canto dulce es hoy mi espejo.
Y le escribo a diario que vos me amabas.
Y en un gesto tuyo me sugerías.
De volver a vernos y no dejarnos.
Y que brille nuevo un sol hermano.
Y ya unirnos firme sin despedidas.
Robert Aníbal Sánchez Fajardo.
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